Mostrando entradas con la etiqueta libertad académica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad académica. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de abril de 2008

Segunda carta a la Facultad de Filosofía de Valencia

“Philosophia ancilla theologiae”

* * *

“Pero creemos que sí tiene razón el cardenal Hume cuando afirma que habría que considerar al SIDA 'como prueba de una ley general de que las acciones humanas tienen consecuencias y de que el desorden produce inevitablemente daño y, consiguientemente, provoca destrucción... Es síntoma de algo más profundo y mortal. Es una de las muchas consecuencias desastrosas de un comportamiento sexual promiscuo. La promiscuidad está haciéndose suicida.' ” (10 palabras clave en bioética, Javier Gafo, p. 271, 1997, Editorial Verbo Divino.)

“Hace falta desvelar lo cardial en el análisis de la insondable belleza de la experiencia moral en la vida fáctica, a partir de las narraciones bíblicas sobre la misericordia, sobre las víctimas, humilladas y ofendidas, expectantes de rehabilitación.” (Ética hermenéutica, Jesus Conill, p. 281, 2006, Tecnos, Madrid)

“El secularismo moderno no significa necesariamente ausencia de religión, sino que la idea y vivencia de Dios ocupa otro lugar en la vida personal y adquiere una nueva función orientadora en el orden social, compatible con los nuevos estilos de la vida moderna.” (Íbid., p. 261)

“Algunos creyentes sonreirán satisfechos ante el fracaso de la razón ilustrada. Y lo achacarán – gozosos – a su orgullo, a su afán prometeico. 'Le está bien empleado – pensarán – por querer usurpar en la historia el lugar de Dios.' Es posible que tengan razón. El pecado de los ilustrados consistió, a mi juicio, en no reconocer verdaderamente los límites de la razón y no recurrir, cuando es razonable, a la ayuda de otro.” (Ética mínima, Adela Cortina, p. 221, 1986, Tecnos, Madrid)

“No puede decirse que Dios es el fundamento de la moral, porque la relación de Dios con la moralidad sólo es posible a través de las personas. No puede decirse que la persona es el fundamento de la moral, porque las determinaciones que le constituyen en fundamento están mediadas por Dios. Estos dos intentos de fundamentación serían unilaterales porque sólo tendrían en cuenta una parte del fundamento total, que consiste en la afirmación de que cada persona es valiosa por ser persona, pero la determinación de qué sea persona exige la mediación de Dios.” (Íbid., p. 260)

“Para establecer la coherencia del dato de conciencia expuesto –el valor absoluto de cuanto nace de personas- son insuficientes las categorías creadas por la razón. No queda más recurso lógico que el de conectar este dato ofrecido por la revelación como un elemento innovador, según el cual el hombre posee valor absoluto y es fin en sí mismo porque es imagen y semejanza de Dios.” (Ética mínima, Adela Cortina, p. 266, 2004, Tecnos, Madrid)

* * *

Tanto Ética mínima como Ética hermenéutica son dos libros de lectura obligatoria (aunque no íntegramente en este curso) para la asignatura troncal de Ética. Nótese que la única alternativa para el alumno que no desee estudiar estos libros es estudiar ética con el profesor Josep R. Moncho. Por otra parte, 10 palabras clave en bioética se da a elegir entre otros dos libros, necesarios para aprobar la asignatura optativa Bioética.

Dicho sea incidentalmente, el libro 10 palabras clave en bioética está publicado por la Editorial Verbo Divino, cuyo objetivo queda definido en su página web como “difusión de la palabra de Dios por todos los rincones de la tierra.”
(http://www.verbodivino.es/conocenos/index.aspx 23/04/2008)

Instamos a los profesores que aún sepan diferenciar el atril del púlpito, a que envíen una explicación a tercerwittgenstein@gmail.com.

Atentamente,
IIIW

jueves, 24 de abril de 2008

De la ética hermenéutica crítica desde la facticidad y de por qué defeco en ella

Hace un tiempo alguien me preguntó seriamente "¿qué opinas de la ética hermenéutica?" y no pude balbucear mucho más que (medio en broma, medio en serio) "eso es un intento de kantianizar a Nietzsche, ¿no?". Ciertamente, tras un año estudiando tal materia, mis nociones se resumían a esa desagradable intuición. Aunque era capaz de espetar palabros como urteilskraft u otros semejantes, en aquel momento me sentía, más bien, ignorante acerca de aquella disciplina. No obstante, hoy me siento un poco más capaz de poder responder con algo que no sea una interrogación.

¿Qué opino acerca de la ética hermenéutica, expuesta en el libro de Jesús Conill que lleva ese mismo título? Opino que es una basura cristiana que jamás debería haberse impartido en las aulas. Además, opino que es una desvergüenza lo que han hecho con el pensamiento de Nietzsche y, sobre todo, estoy totalmente indignada con el ansia kantiana de encontrar a su mentor hasta en la sopa. Pero, ¿sabéis qué es lo que más me indigna? El final. El final de Ética Hermenéutica. ¿Por qué? Porque ahí es donde se descubre todo el pastel.

Después de doscientas cincuenta insufribles páginas de inmensas citas e interminables retahílas de adjetivos fáctico-crítico-lingüístico-experienciales, llegamos a un apartado, el 4.8, denominado "La religión como fuente moral" donde la cosa ya no puede ponerse más fea. Se evidencia todo lo que se ha ido dejando entrever a lo largo del libro: que la ética hermenéutica es otra forma más de vendernos la moral cristiana. Comienza a hablarse de la Biblia (Jesús Conill Sancho, Ética hermenéutica, p. 259, 2006, Ed. Tecnos, Madrid), de San Pablo y la caritas (Íbid., p. 262) para llegar a frases estelares como la cita a Vattimo: "hoy ya no hay razones filosóficas fuertes y plausibles para ser ateo o [...] para rechazar la religión" (Íbid., p. 263). ¡Pues claro que no! ¿Acaso alguien lo duda? Ni los posmodernos lo dudarían, pues: "el pluralismo posmoderno permite volver a encontrar la fe cristiana." (Íbid., p. 263)

Desde aquí y ya mismo me gustaría dar un consejo a quienes aún no se hayan percatado de la realidad de este mundillo: no juzguéis un libro hasta haberlo leído íntegro, pues los disparates se suelen dejar para el final. Desgraciadamente, lo que suele ocurrir con este tipo de planteamientos, es que todo el libro es una especie de preparación, un camino, hacia un telos mayor: Dios. Esto es, ciertamente, una lástima, pues el saber no ocupa lugar, pero sí tiempo.

Lo único positivo que puedo sacar de este libro es que me ha ayudado a conocer el pensamiento de ciertos autores: ahora podré evitarlos. Por ejemplo, he conocido, someramente, a un gran filósofo: Gianni Vattimo. No he podido sino extrañarme y repugnarme con algunas de sus ideas. En palabras de Conill, "Nietzsche y Heidegger se presentan en armonía con un sustrato religioso cristiano impulsando lo que Vattimo considera 'reencuentro nihilista con el cristianismo' " (Íbid., p. 263). ¿No parece un insulto? ¿Alguien en sus sanos cabales (unos no corrompidos por el kantismo, el Opus Dei o la Sagrada Trinidad) suscribiría la tesis de que Nietzsche está en armonía con algo cristiano?

Y es que, al fin y al cabo, así son los cristianos: aunque tú no los quieras, ellos sí que lo hacen. ¡Dios os ama! Y, a propósito del amor:

"El sentido del retorno del cristianismo consiste en reivindicar la escucha -la experiencia- de la palabra evangélica originaria, para poder ser capaces de interpretar cada nueva situación como Jesús de Nazaret, es decir, conforme al mandato del amor, porque el límite de la interpretación es la caridad. La caridad no es aquí objeto de desmitificación, ni de secularización, ni tampoco de deconstrucción. 'El único límite de la secularización es el amor, la posibilidad de comunicar con una comunidad de intérpretes'. Lo que ocurre es el que mandato del amor es 'formal', viene a ser algo así como el imperativo categórico kantiano." (Íbid., p. 268)

Ya sé que todo esto ni os viene ni os va. Es lo que suele denominarse, cariñosamente, cabra. Pero, en este caso, se trata de una cabra dolorosa, pues es muy triste darse cuenta del adoctrinamiento que se está llevando a cabo en una facultad de filosofía. ¡En una facultad de filosofía! Siendo nosotros quienes hablamos de reflexión, crítica y bla bla bla... ¡Vergüenza debería darnos! ¡Y vergüenza debería darles a esos señores y señoras que se suben todos los días a la tarima y llenan nuestra mente de tergiversaciones y descarados sesgos!

Y ojalá sólo ocurriera esto con un determinado libro, con una determinada asignatura o con un determinado profesor. El problema real es que el Departamento de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Universidad de Valencia huele demasiado a seminario: desde la ilustre Adela Cortina, hasta el aprendiz Francisco Arenas-Dolz. Afirmar esto no es una generalización infundada, sino un hecho fácilmente comprobable atendiendo, por ejemplo, a la bibliografía obligatoria y recomendada de las asignaturas departamentales. O, aún más fácil: pasando por sus clases.

Dios, hermenéutica, Nietzsche, piedad, facticidad, caridad, Kant, vida, historicismo, imperativo, voluntad de poder... todas estas palabras tienen cabida en el mismo saco y, efectivamente, se genera un batiburrillo que no hay quien entienda, pero que acaba asquerosa e irremediablemente en lo mismo de siempre: moral cristiana. Disfrazada de bonitas palabras, sí; pero moral cristiana.

Y porque soy una atea convencida y practicante, no puedo más que defecar en la ética hermenéutica en su vertiente crítica desde la facticidad, ¡y sólo Dios sabe si también en la trufada de neopragmatismo contextualista!

Y ya sólo me queda añadir: andad con cuidado.

more_

lunes, 25 de febrero de 2008

¿Libertad o libertinaje de cátedra?

Bueno, con la ventaja de que en entradas anteriores ya se han citado fuentes oficiales que hacen referencia a la libertad de cátedra, y se ha hecho mención a lo que origina este debate, yo voy a limitarme a opinar, libremente, sobre este supuesto libertinaje.

Todos sabemos a santo de que, y nunca mejor dicho lo de santo, viene toda esta preocupación por el alcance, y la aparente ausencia de límites, de la libertad de cátedra. La asignatura de Bioética, y más concretamente el libro de Javier Gafo, “10 palabras clave en bioética” parece habernos herido en nuestra sensibilidad, no ya por sus comentarios que van desde homófobos a intolerantes, con pinceladas de conservadurismo insultante en pleno siglo XXI, sino por lo que para muchos a supuesto leerlo.

Tal y como recoge nuestra muy apreciada wikipedia, la libertad de cátedra es el derecho a ejercer la docencia, en el ámbito de la Educación Superior, con absoluta libertad. Hasta ahí todo correcto, pero algo empieza a oler a podrido en nuestra facultad cuando nos topamos con párrafos que parecen aguijones, como el ya citado en la entrada SIDA, moral y promiscuidad.

La enseñanza no es imparcial, ni lo es, ni lo ha sido, ni espero que lo sea nunca. Cada maestrillo tiene su librillo, su opinión y su forma de expresarla, y a mí me parece perfecto, tanto la de unos como la de otros, porque una de las cosas que me parece más enriquecedora de la universidad es la disparidad de opiniones respecto a cualquier tema, siempre que las expresiones de las mismas se hagan desde el respeto. No digo ya que tengan que apelar a fuentes fiables, a la ciencia, o a Dios para poder expresarse, se puede defender la cuadratura del círculo si a uno le place, siempre que pueda argumentar, aunque sea falazmente, y que sea crítico incluso para aceptar las criticas.

Pero a mí me surge un problema: Estamos en la universidad, aunque a veces no lo parezca, y se supone que somos personas maduras con capacidad crítica suficiente para diferenciar aquellas opiniones que compartimos y las que no. Pero si partimos de un supuesto, en mi opinión, falso, vamos listos.

Muchos de los estudiantes que entran en primero de filosofía (almas de cántaro) lo más que tienen son algunas nociones de los cuatro filósofos que su profesor de bachillerato les ha hecho estudiar para pasar de curso y aprobar el selectivo, los más aventajados puede que ya hayan tenido un contacto más directo con esta filosofía en “estado puro” que tantos quebraderos de cabeza nos regala, pero aún así, una persona que entra en esta carrera después de haber pasado por ese sistema educativo tan chulo que tenemos no tiene unas bases tales como para poder, primero, desenterrar el argumento oculto entre trufas, y luego, poder juzgarlo. No dejamos de ser recipientes más bien vacíos, con una forma y capacidad, algunos con embudo y otros sin el, esperando ser llenados, y si esto es así no puede consentirse que un tema tan amplio como es la bioética se enfoque con especial interés desde un punto muy particular, en mayor o menor medida compartido, dejando completamente de lado otras opiniones no menos válidas.

No podemos impedir a un profesor defender y difundir sus creencias, independientemente de que sean religiosas o no, basamos nuestra vida en nuestras creencias y no podemos ni debemos dejarlas de lado. Pero tampoco debe, en mi opinión, consentirse a ningún docente de ningún centro, sea catedrático o no, ocultar una forma de ver el mundo en general y su materia en particular, a favor de la suya propia.

Bueno, yo no quería extenderme, porque lo bueno si breve, ya se sabe, es más breve. Lo peor de actualizar después de algunos miembros sobre la libertad de cátedra es que queda poco nuevo que decir, y lo mejor es que proporcionan un punto de partida interesante.

Así son las cosas, desde mi punto de vista, y así se las he contado, como buenamente he podido.

-SiL-

domingo, 24 de febrero de 2008

Más sobre la libertad de cátedra

Escribo estas líneas inspirado en la conversación que, el pasado jueves, tuvimos en el bar madonna sobre la libertad de cátedra. Voy a partir de ahí para explicar mi visión sobre el tema, pero quien no estuviera presente puede leerme a la perfección, porque iré contando lo que se dijo.
El tema inicial era lo ocurrido en las clases de bioética de la facultad de filosofía de Valencia. El profesor que imparte la materia, explico para quien no lo sepa, manda una serie de libros para optar a nota; libros de inspiración religiosa, donde se defienden perlas como que el aborto es una aberración o que el sida es una consecuencia del desorden moral de la socidad (junto a todos los tópicos y opiniones defendidas por el ala ultra de la Iglesia Católica). Pues bien, a partir de aquí surge la pregunta: ¿Puede un docente, amparándose en la manida libertad de cátedra, defender y difundir sus creencias desde su puesto de funcionario público?
Lo primero que tengo que decir es que sí puede. Otra cosa es que deba, pero por poder, puede. Como explicó Adolfo en el anterior post, los límites de la libertad de cátedra están en la constitución y, por extensión, en el código penal: toda opinión o acto que no suponga un delito, ni es ilegal ni punible. ¿Y es esto – por decirlo con nuestros archienemigos – éticamente correcto?
La otra tarde se dijo sobre todo que no. Veamos una por una las posiciones que se defendieron:

1) Se dijo que la religión no es filosofía, y que tras años de progreso por fin se consiguió separar el amor a la sabiduría de su contrario dogmático e irracional: la religión. Por eso, lo consecuente es expulsar toda forma de religión del ámbito de la filosofía: sería volver a confundir y mezclar disciplinas distintas basadas en objetos muy distintos.
Pues bien, que la religión no es filosofía es obvio; pero tampoco lo es la ciencia, o la historia, o la lingüística... Pero si algo tiene de característico la filosofía es su capacidad para sobrevolar todas las disciplinas y, aunque sea desde fuera, pensarlas. La filosofía es – o debería ser – interdisciplinar. Aplicar esta suerte de metodología positivista en la separación radical y taxativa de materias sólo favorece la especialización: si la filosofía es amor a la sabiduría, necesitaremos antes una sabiduría sobre la que reflexionar, ¿no?
Lo que pasa es que, si creo interpretar bien el argumento, lo que en realidad se quiso defender no fue una separación de materias y ámbitos para definir qué es filosofía y qué no; en realidad se cargaron las tintas contra la religión, contra esa metafísica absurda y antifilosófica basada en el irracionalismo y la mentira. Lo que se defendió fue una filosofía realista, terrenal, inmanente, que desprecie lo sobrehumano por desconocido y que no hable de lo que no se puede hablar. Opción que, dicho sea de paso, me parece muy respetable y valiosa: pero no perdamos de vista que es sólo una visión. Decir que, para nosotros, la filosofía debería ser eso no significa que de hecho lo sea. Que la religión (o la metafísica) deberían expulsarse de la reflexión filosófica es una tesis nada despreciable, pero lo cierto es que la religión ha estado y está presente en gran parte de escritos y autores filosóficos, por lo que, a mi modo de ver, no tenerla en cuenta sería vedarnos una parcela de realidad. Hay que conocer al “enemigo”, sobre todo si ese “enemigo” sigue siendo tan importante.
Por otra parte, pienso que aunque no se deba filosofar desde la religión, sí hay que hacerlo sobre la religión: nada de lo humano debería ser ajeno a la filosofía.

2) Otro argumento en contra de mandar ese tipo de libros en una asignatura fue el de que el campo de las creencias es privado, y extrapolarlo a una función pública como la educación es sobrepasar el ámbito que le corresponde.
Pero... ¿Es realmente privado el ámbito de las creencias? ¿Puede un profesor – o un médico, bombero, policía, panadero... - desasirse de su cosmovisión a la hora de desempeñar su deber público y cívico, como si el ámbito de lo civil fuera objetivable y desinteresado? Porque creencias hay de muchos tipos, no sólo religiosas. Vivimos a base de creencias, y en ellas fundamos nuestro modo de ver el mundo (igual esta tesis es demasiado extensa para defenderla en un párrafo, pero creo que se me puede entender). Renunciar a ello implica dos cosas: dejar de ser autónomos, y aceptar que de puertas para adentro tenemos que vivir de una forma y de cara al público de otra; y esto, a parte de ser una hipocresía, es contraproducente: sólo crea probos ciudadanos cortados por el mismo patrón: el de la homogeneidad interesada. Yo, como persona adulta y relativamente autónoma, me siento lo suficientemente preparado para enfrentarme a ese tipo de opiniones sin que se me adoctrine. Además, el simple hecho de elegir el temario de una asignatura – de cualquiera: los autores que se dan y los que no, las teorías que se explican... - ya responde a un interés subjetivo y personal. No hay objetividad. Y si la hay, sólo es una subjetividad disfrazada.

3) Por otra parte, se dijo que los dogmas religiosos – como en los que se basan las opiniones del libro “10 palabras clave en bioética” - no están argumentados y racionalmente explicados, por lo que no son filosóficos (y no tienen cabida en una facultad de filosofía).
Lo que se deduce de esto es que todo lo que no esté racionalmente argumentado no es filosofía. Pero, ¿es esto cierto? ¿Lo irracional es antifilosófico? ¿Y Nietzsche? ¿Y Unamuno? ¿Y Sartre? Hay muchos autores que defienden que la razón se construye sobre un fondo irracional, lo que hace la filosofía es intentar racionalizarlo con el lenguaje. Pero es que, para empezar, el paradigma razón/sentimiento es absurdo: no pensamos sin sentir ni sentimos sin pensar. Un argumento basado en un sentimiento (y la fe es un sentimiento) sigue siendo un argumento: otra cosa es que nos convenza o no. Más aún: aceptemos que no es argumento en sentido estricto; lo cierto es que el hecho de que se publiquen ese tipo de opiniones, e incluso de que pasen por filosóficas, es indicador de una tendencia con cierto peso social. Y yo insisto: la filosofía no debe ser ajena a esos hechos, y tendrá que pensar el por qué de que eso sea así. Se me podrá objetar que decir que la filosofía es todo equivale a decir que no es nada; pero no digo que sea todo: digo que no puede ser ajena a nada.
Bueno, pues se dijeron más cosas y se sacaron más temas. Pero por hoy me he cansado de escribir, que es el día del señor.

P.D.: Soy consciente de que tras estas reflexiones de andar por casa está mi visión particular de qué es la filosofía, y de que analizo el tema desde mi propia concepción y valores. Puede que algunos razonamientos hayan quedado cojos por no explicar más extensamente mi visión de las cosas, pero como me he dado cuenta de eso después de escribirlo y releerlo, lo dejaremos como tema pendiente.

- J a V i -

viernes, 22 de febrero de 2008

Libertad de cátedra y libertad académica

La constitución española reconoce el derecho a la libertad de cátedra en su artículo 20.1 c) y la ley orgánica de universidades, en su artículo 33 lo dota de contenido de la siguiente forma:

  • La docencia es un derecho y un deber de los profesores de las universidades que ejercerán con libertad de cátedra, sin más límites que los establecidos en la constitución y en las leyes y los derivados de la organización de las enseñanzas en las universidades.
Esta última parte tiene su importancia, pues de algún modo pone en contacto esa libertad con las instituciones académicas. Podemos ver como algunas de estas han entendido el derecho a libertad de cátedra viendo lo que dicen en sus estatutos. Así por ejemplo, la Universidad de León dice en el artículo 2 de sus estatutos que la libertad de cátedra
  • "se manifiesta en el ejercicio del derecho de su profesorado a expresar libremente, en el desarrollo de su actividad docente, sus ideas y convicciones científicas, técnicas, culturales y artísticas."
y la Universidad de Oviedo en su artículo 115 establece que la libertad de cátedra se entiende como
  • "libertad de elección del planteamiento teórico y del método, sin más límites que los establecidos en la Constitución y en las leyes y los derivados de la organización de las enseñanzas de la universidad."
La Universitat de València en su artículo 7.2 garantiza la libertad académica, entendida como libertad de cátedra, de investigación y de estudio. Por otro lado, en el artículo 26.l) establece como competencias del consejo de departamento
  • "Supervisar, con el respeto debido a la libertad de cátedra, que los programas de las enseñanzas impartidas por el departamento se adecuen a lo establecido en los respectivos planes de estudios"
Así pues, podemos ver que la libertad de cátedra encuentra actualmente uno de sus principales límites en las necesidades organizativas de las universidades. Es decir, que la libertad de cátedra no se puede entender ya desde el paradigma maximalista, que sería algo así como que cada profesor puede hacer lo que le venga en gana con respecto a programas, contenidos y metodología.

Por otro lado, la wikipedia recoge la siguiente definición de la libertad académica:

"La libertad de enseñar y debatir sin verse limitado por doctrinas instituidas, la libertad de llevar a cabo investigaciones y difundir y publicar los resultados de las mismas, la libertad de expresar libremente su opinión sobre la institución o el sistema en que trabaja, la libertad ante la censura institucional y la libertad de participar en órganos profesionales u organizaciones académicas representativas. Todo el personal docente de la enseñanza superior debe poder ejercer sus funciones sin sufrir discriminación alguna y sin temor a represión por parte del Estado o de cualquier otra instancia"

Y añade unas pinceladas acerca de la historia de este derecho diciendo que es uno de los derechos en que se fundamenta el desarrollo de la autonomía de las universidades.

A la británica diré que se considera que históricamente el derecho a la libertad académica (que incluye a la libertad de cátedra) ha sido un instrumento para luchar contra la imposición estatal o religiosa de doctrinas en las instituciones docentes, y que por tanto, es un derecho del particular (el profesor y/o el alumno) frente al estado, y es en ese contexto en el que se fragua el concepto maximalista de la libertad de cátedra, que hoy en día no tendría sentido seguir manteniendo.

Se supone que la libertad de cátedra es un derecho que ha de contribuir al beneficio del alumno y ser condición de posibilidad de su derecho a la libertad de aprender.

No obstante, amparándome en la libertad de expresar mi opinión sobre la institución educativa en la que estudio,la facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universitat de València, he de exponer que en ocasiones, la libertad de cátedra se contrapone a los intereses y el beneficio del alumno al tiempo que se contrapone a su derecho a aprender libremente.

Cuando un alumno tiene que afrontar su educación en filosofía y se encuentra con que hay un departamento de su facultad gobernado por profesores estrechamente relacionados con una determinada doctrina religiosa, y que la entremezclan deliberada y frecuentemente con los contenidos de sus asignaturas, entonces hay algo en la libertad de cátedra que no funciona.

Y cuando por ende tiene que dedicar tiempo y esfuerzo a "aprender" cosas que no vienen al caso (pues la filosofía no es religión) y que además tienden a disminuir su interés por la carrera (e incluso por la vida), pues la libertad de cátedra para el profesor se puede convertir en esclavitud para el alumno.

Y no estoy haciendo metafísica, hablo de cuestiones concretas, pues en mi facultad por ejemplo, actualmente, para aprobar la asignatura de ética, troncal de primero, tienes dos opciones:

  1. tragarte la "Hermenéutica trufada de neopragmatismo contextualista"
  2. o tragarte la "Ética de los derechos humanos"

Y claro, los alumnos de enseñanzas superiores tenemos un grado de madurez que nos permite "acoger de manera crítica las enseñanzas [...] e interpretar adecuadamente la discrepancia que manifieste el profesor respecto a otras ideas"[1], pero cuando

  1. en la primera de las opciones la "Ley de la conservación de la dificultad" impide a la mayoría de alumnos de primero ser críticos con la doctrina del profesor al tiempo que les roba tiempo para aprender ética filosóficamente, y en la segunda de las opciones,
  2. la incapacidad mental evidente del profesor (que se manifiesta en sentencias como "la tendencia natural de l'home és la de violar a les dones") unida a su obsoleto y soporífero planteamiento de la asignatura te llevan a perder el interés por tan apasionante materia,

pues nos damos cuenta de que algunas situaciones pueden traerle a uno a la mente el calificativo de libertinaje para unir a lo de cátedra.

La libertad de cátedra es un derecho importante, y efectivamente, no se puede entender un derecho amplio a la libertad académica si no lo incluimos, pero no puede entenderse ya como un argumento en el que atrincherar actitudes docentes deshonestas.

Adolfo.


[1] "La libertad de cátedra a debate: ¿qué es, y hasta donde llega?" de María del Puerto Paule Ruiz y Agustín Cernuda del Río. Dpto de Informática de la Universidad de Oviedo.